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Vida de mujer en la Mara

Tinta Verde

Vida de mujer en la Mara

Vida de mujer en la Mara

Serie de Relatos Tinta Verde*. Julia se hacía muchas preguntas, estos ojos … ¿De quién son? ¿De quién son mis deseos de hoy? ¿Y este insomnio y esta vida de quién es? ¿Esta es mi hija, este es mi reflejo en ella? Todo eso mientras veía a su hija a quien no veía hace más de 3 años narrarle lo que había sido de su vida.


Tres años en la que no había visto a su hija, todo por no aceptarle al novio, y ahora escuchaba como su hija le decía que era una de las mejores en lo que hacía. ¿Pero de que trabajas pue? Pregunto Julia.

Soy marera mamá, pensé que ya lo sabias – Respondió la hija.

Y empezó con un relato tan crudo que le hizo sentir que aquel café que hace poco se había tomado, le hervía de nuevo en el estómago:

Era una joven de apenas 15 años, queriendo dinero fácil con una mamá que tenía como pareja a un hombre que bebía mucho y era violento. Mamá estaba todo el día fuera, yo me quedaba en la casa con ese hombre que no me trataba precisamente bien, nunca había que comer y un día decidí quedarme en la calle al salir del colegio en vez de volverme a la casa. Conocí amigos, muchos, a decir verdad, nunca sabia en que andaban, pero de engavillada siempre iba con ellos a las vueltas. Uno de mis amigos me gustaba, yo le gustaba a él, nos besábamos y perdí la virginidad con él. Estaba enamorada y quiero creer que él también lo estaba. Lo mataron 2 años después. Un día me dijo que antes de irnos a su casa debíamos ir a hacer una vuelta. Fue a dejar marihuana a una placita que había en el barrio. Me asuste y le exigí que me dijera que era lo que hacía y ahí decidió contármelo todo: Él era Paisa, estaba siendo reclutado para ser parte de la mara. ¿Pero vos queres eso? Le pregunte. – Si, es pisto fácil y me gusta, me respondió.


Así empecé, lo acompañaba, yo guardaba la marihuana porque si en alguno de los casos nos paraba la policía era menos probable que me registraran a mí, empecé a ir a dejar la droga yo sola al punto cuando él tenía otras cosas que hacer, cuando me di cuenta estaba metida hasta los codos en una situación que no me desagradaba del todo.

Siempre escuche que a las mujeres que se metían a la mara las denigraban de maneras inhumanas y tenía miedo, pero mi pareja me explico las formas de ingresar a la mara para las mujeres, dos de ellas consistían en solo ser una mujer más para ellos, sin grandes responsabilidades haciéndome mujer o amante de unos de los cabecillas o teniendo sexo con varios y la última, la más difícil era la verdadera forma para poder ganarme un lugar entre ellos: Aguantando “el calentón” o golpiza.

Pero ¿Qué quería yo? Estaba segura de que no quería que me trataran como basura, para eso me hubiese quedado viviendo con mi mamá y mi padrastro. Quería un lugar, un nombre, quería que no me volvieran pisotear nunca más así que elegí la paliza, me pareció lo más digno, así demostraría honor y fuerza y ellos me verían con respeto. Si optaba por la vía sexual de ingreso no me tomarían en serio, dudarían de mi lealtad.

Fueron los segundos más largos de mi vida, no me tuvieron piedad, creo que incluso por ser mujer me agarraron con más ganas, quería gritarles que ya no quería seguir, que pararan, pero me aguante. Tarde más de una semana en recuperarme de la golpiza, pero ya estaba dentro, era el primer paso para ser una de ellos. Y ahí empezaron los miedos, siempre creí que a las mujeres que se metían a la mara solo las querían para tener relaciones sexuales pero una vez dentro me di cuenta que no es cierto. Una vez dentro puede ser que uno de ellos te diga “vení, está conmigo” y si es un poco enojado, frustrado y es el mero toro, para dónde te haces. Pero eso de que te hacen que te acostes con todo mundo era una mentira. Fui creciendo, después de la golpiza era bandera, poco a poco me hacía cargo de cosas “logísticas” que se necesitaba en la mara, iba a dejar marihuana y otras cosas a las plazas para que las vendieran. La primera vez que cometí un error fue cuando no avise a tiempo que había entrado la policía por estar distraída, me “calentaron” entre dos, pero con eso aprendí, no me desanimo, al contrario, me enseñaron que siempre debía estar alerta. Fui ascendiendo, “me sobe” (me concentre, puse todo mí empeño y mejore muchísimo) como decimos en el barrio, me defendí y defendí a uno de los míos una vez que tuvimos un encontronazo con una mara contraria, la primera vez que mate, con eso termine de ganarme el respeto de todos.

Me fui dando cuenta que mi papel era importante, manejaba la logística de la mara, ayudaba con los números ya que me había alcanzado a graduar del colegio. Me convertí en autora y cómplice de algunas de las movidas que hacíamos. Varias veces fui humillada no porque era mala en lo que hacía, sino por ser mujer, pero poco a poco la mara necesitaba a más mujeres para las movidas, las mujeres somos las que salimos a dar la cara cuando cae la policía, porque los hombres no pueden salir tal vez porque andan tatuados o los están buscando. Nos fuimos transformando en colaboradoras de las movidas importantes, las nuevas figuras públicas de la mara. Nos convertimos en comunicadoras, al poder entrar a la Penitenciaria con más facilidad por ser mujer pasábamos mensajes o lo que se necesitara adentro, nos movíamos a otras colonias para ver cómo se movía el asunto, por ser mujeres éramos menos sospechosas.

No todas corrían con la misma suerte que yo, las que entraban por tener relaciones con los de la mara si les iba mal, las trataban feo, pero ellas se lo buscaron, así lo vi cuando empecé, así lo sigo viendo ahora a pesar de otras cosas que en definitiva no puedo comentar.

Se escuchó el teléfono sonar. Julia despertó de aquel sueño recurrente. Y vio a su hija pequeña, de siete años y no de quince. Se levantó a preparar el café, en la calma de aquella mañana. A sus 34 años mientras duerme todavía se cuenta a sí misma su propia historia, de cuando se fue de su casa a los 15 años. Y está orgullosa de todo lo que ha logrado, pero guarda la nostalgia de no haber podido nunca contárselo a su mamá.

Flor Euceda.

*Tinta Verde presenta está serie de relatos que con formato narrativo navegan por la vida y las situaciones que viven las mujeres en Honduras.

Tinta Verde

Tinta Verde es un proyecto formativo y divulgativo periodístico enfocado en tratar a profundidad la problemática que viven las mujeres de Honduras, y articular herramientas de comunicación para enfrentar la desinformación y manipulación informativa con sesgos machistas y discriminatorios que existe en el país.

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