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Hechos irreversibles, el pasador dorado

Tinta Verde

Hechos irreversibles, el pasador dorado

Hechos irreversibles, el pasador dorado

Serie de Relatos Tinta Verde*. ¿Estás contenta? – preguntó Idalia. No sé – respondió Cristal, sin dejar de lavar los botes de vidrio.


Deberías estarlo, es la primera vez, en muchos años que llevo de trabajar aquí, que ascienden a una mujer. Apuntó Idalia, mientras se acercaba con los tambos de jugo para ponerse a lavarlos al lado de Cristal.

Mi miedo es no hacerlo bien, además que las jornadas se extenderán mucho más, aunque el aumento de sueldo siempre viene bien. – ambas rieron y poco a poco se ensimismaron en el silencio de la rutina. Cristal tenía 24 años y también tenía 10 meses de haberse mudado a San Pedro Sula y 5 meses de trabajar en la pizzería. Lo que tenía era un horario indefinido y un sueldo muy por debajo del mínimo, que aceptaba porque la realidad la obligaba a trabajar para poder pagar su universidad, comer y dejar de estar entre esos 240 mil jóvenes en condición de desempleo en el país.

La tarde del día anterior Don Yazefh, un gordo y sudoroso Palestino, que siempre usaba camisas moradas, dueño del local, la había llamado a su oficina para preguntarle, a modo de propuesta innegociable, si quería ser la nueva encargada de caja de LoLo´s Pizza.

La propuesta llevaba incluida un aumento de sueldo que se entrelazaban indiscutiblemente con un aumento de jornada, puesto que encargarse de la caja implicaba abrir y cerras diariamente las ventas y limitaba, claramente, el acceso a propinas, que por el tipo de clientes que llegaban, eran realmente significativas.


Por impulso, Cristal dijo que si y comenzó al día siguiente a las 9:00am, sin capacitación previa y entre muchas críticas de sus compañeras por su ascenso a jornadas laborales más extensas sin aumento significativo en su precarizado sueldo.

El día de descanso, Cristal solía irse desde temprano a la universidad a pasar tiempo con su novio. El tiempo les transcurría platicando, comiendo papas fritas y fantaseando con todos los planes que harían en el futuro.

Meses después del ascenso, se había acostumbrado a esa ciudad llena de prisa; de esa prontitud relojeada que suele cortar el apetito, a las noches llenas de todo lo que satura la vida y comenzó a tenerle de nuevo un gusto a los cigarros a escondidas. A inicios de febrero, por fin se mudó junto a quien entonces era el hombre que amaba; su novio y con un gato.

Sus días no superaban la rutina al promedio de la ciudad, un trabajo mediocre y mal pagado, jefes prepotentes, incapacidad académica a causa del cansancio, depresión nocturna por sentir que se echa la juventud a la basura y un vicio permanente para placebo de tanta mierda. En su caso el placebo se llamó: Belmont azul.

La chamba, la universidad y su apartamento estaban bastante cerca, no salía de una región de 9 cuadras para desarrollar a plenitud sus días. Una jaula bastante grande que no le evitaban sentirse levemente vacía por las noches.

El tiempo la compaginó con un amigo al que no veía desde hace algunos años, justamente desde que ella se mudó a la ciudad buscando un futuro más esperanzador; el reencuentro fue casual y no desagradable. Compartían gustos y cigarros, el destino les puso de vecinos, lo cual facilitó que se volvieran muy cercanos nuevamente, se veían casi a diario, Cristal solía visitarle brevemente al salir del trabajo.

De pronto, era marzo, era viernes y era 10. Llovía, sí que llovía. Cristal y Eduardo cumplían un año más de noviazgo, sin embargo, por la cotidianidad de la convivencia habían tenido una pelea esa mañana y el día se había diluido a separarse cada quien con sus amigos y amigas; él se fue al billar, ella al apartamento de su amigo.

Cárcamo, su amigo, fue a traerla esa noche a la salida del trabajo, compraron comida y caminaron con sus paraguas azules bajo la lluvia. En el apartamento hay unos amigos, no te incomoda, ¿verdad? – consultó Cárcamo. No, igual sólo como y me voy, estoy muy cansada y con esta lluvia el uniforme no se me secará si no lo pongo pronto tras el refrigerador, respondió.

Al llegar, todos tomaban cerveza y conversaban escandalosamente, Cristal, que no consumía alcohol resistió gran parte de la noche con sus habituales Belmont azules y té frío. Realmente había tenido un día especialmente agotador, así que planeó hablar un poco más con todos e irse lo más pronto posible sin ser descortés.

Se disponía a despedirse cuando accidentalmente uno de los invitados derramó cerveza sobre el uniforme que aún llevaba puesto, molesta entró al apartamento a intentar quitarse el olor y la mancha. S quitó la camisa para limpiarla y como estaba segura de que todos estaban afuera no creyó necesario poner cierre a la puerta del baño. De pronto, Cárcamo entró a la habitación tambaleando como un borracho, pero no lo suficiente para descoordinar como uno.

Se aproximó cariñoso, y tras entrar colocó el seguro a la puerta, Cristal que le conocía desde la infancia no sintió peligro hasta que éste la tomó del antebrazo con la suficiente fuerza para hacerle sentir miedo.

¡Soltáme! – dijo ella con la voz petrificada de confusión y con inicio de llanto.

Él la tomó del cabello, la sacó del baño y la tiró a la cama, ella sintió una agridulce libertad y profundidad al caer, y quiso estar muerta. Enloqueció y gritó entre tanto llanto que se ahogaba, estaba aterrada. Pataleó por soltarse, sin éxito, y de pronto todo comenzó a ocurrir mientras ella no podía creer que eso estuviera pasando.

Sobre ella y teniendo ya una erección Cárcamo desabrochó su pantalón y comenzó a tocarle el clítoris con mucha brusquedad, a apretar sus pechos, a morderla. Tomó la fría mano de cristal y la puso sobre su pene mientras le susurraba las cosas que le haría.

Cristal lloraba y suplicaba que no le hiciera daño, gritaba inútilmente con todas sus fuerzas mientras él la penetraba con toda su rudeza. Su olor a cerveza le destrozaba los sentidos, ella no sabía que alguien podía ser tan fuerte hasta que puso su mano sobre su pecho y no podía moverse ni un poco. Fueron unos minutos, quizá, pero en el cerebro de Cristal fueron siglos; sentía todo, el dolor, el miedo, la culpa y fue quedándose quieta, inmóvil, a disposición de él mientras veía fijamente la luz lejana del baño encendida y escuchaba afuera los sonidos de la música y las voces.

Toda esa escena de horror ocurría pasmosamente en esa reducida habitación color amarillo, con música de Joaquín Sabina de fondo, con las cortinas verde olivo moviéndose levemente por el soplido del poco aire que la lluvia provocaba afuera y que se filtraba a través de las persianas entrecerradas y de la puerta café con llamador dorado que estaba bien cerrada, o quizá no.

De pronto todo terminó. Pero para Cristal sólo comenzaba la travesía en descenso a la autodestrucción. Cárcamo quitándose de encima y tomándole la mano, dijo «perdón» y a Cristal se le quedaron clavadas esas palabras, nunca en su vida una frase había sido tan confusa.

Se levantó de la cama, se acomodó la ropa y salió sin despedirse de nadie, salió dejando ahí los últimos suspiros de vida y pensando en miles de cosas que hubiera podido cambiar para no terminar así: violada por quien creía que era su amigo.

Caminó sin rumbo, con las ideas difusas, cómo una bomba imperceptible que sabe está a punto de explotar, se sentó y lloró por horas, quizá, hasta quedarse dormida en una acera, la despertó un poco de lluvia y la aplastante y miserable sensación de estar viva. «¿Qué hago a las casi dos de la mañana luego de esto?, ¿a quién llamo? ¿me suicido? ¿llamo a mi pareja? ¿denuncio? ¿fue real? ¿fue mi culpa? ¿llamo a alguna amiga?» se preguntó y todas las respuestas fueron no.

Se quedó un rato más ahí, con la existencia hecha añicos entre sus temblorosas manos, con la sólida realidad de que estaba sola, realmente sola en una ciudad enorme que parecía devorarle. Y ahí comprendió que la soledad vuelve vulnerables a los humanos. No existía ni una sola persona en el planeta a la que pudiera acudir, por vergüenza.

Lentamente regresó a su apartamento, odiando cada centímetro de su cuerpo, horrorizada por el pánico que la inmovilizaba, decidió seguir, ignorar esa noche, incapaz de asimilar ese hecho traumático, en silencio se autoflageló, se golpeó como queriendo buscar consuelo en el dolor, fumó compulsivamente todos los días próximos, y levantó paredes indestructibles con sus relaciones interpersonales, se aisló de las pocas personas que la rodeaban, incluyendo a Eduardo, que no se percataba de la razón por la que Cristal llevaba semanas distraída, callada, esquiva, pálida.

La rutina le parecía irreal, todo se desvanecía y los días se diluían entre recuerdos, llantos en el baño, quemaduras de cigarros autoprovocadas y autoflagelación. Fue invariable, nadie lo sabía y nadie lo sentía. Aunque pesaba cada vez más, temía mucho contarlo porque sentía culpa, además por el ineficiente sistema de justicia del país, creía que no había mucho por hacer.

La existencia los próximos dos meses fueron una basura, su mal humor se había colado en cada rincón de la existencia y las peleas constantes con su pareja le desgastaban hasta la médula espinal. Él creía saber que algo ocurría, ella creía que ignorando todo pasaría.

Durante una semana luego de lo ocurrido, Cristal no salió de la cama, por ratos lloraba y por otros momentos simplemente se quedaba en silencio viendo el vacío, dejó de prestarle atención a su gato, dejó de preocuparse por hacer las compras del super y el apartamento comenzaba a notarse abandonado. Eduardo trataba de entenderla, pero ella se había convertido en un silencio sepulcral.

Al mes, Cristal había dejado de usar sus redes sociales, había perdido peso y tenía sueño casi todo el día, a los dos meses abandonó la universidad y su bajo rendimiento diario le había costado el trabajo, pero como los eventos desafortunados nunca vienen solos, de pronto, una calurosa tarde de julio, se desmayó, fue entonces cuando entre análisis médicos, preocupaciones y miedos, la peor noticia llegó: estaba embarazada de casi 19 semanas.

A partir de ahí el colapso fue bastante evidente, muerta de miedo comenzó a buscar formas de abortar, el sólo pensar que dentro suyo se construía un recuerdo tangible de ese horror, le hacía temblar las piernas. Cristal perdió el contacto con la realidad, dejó de comer, de ocultar sus cortadas, alarmando gravemente a Eduardo quien por la resistencia de Cristal se encontraba cada vez más distante. Ella estaba convencida de que nadie podría ayudar, que nadie podría salvarla de ese naufragio.

No dijo nada a nadie, estaba dispuesta a todo sin un plan, sin dinero y sin apoyo, decidió vender su computadora y logró conseguir lo suficiente para comprar unas pastillas abortivas en una de esas clínicas oscuras y clandestinas que se benefician de las prohibiciones que enorgullecen a los veladores de la moral.

Sin información previa, sólo con las escuetas instrucciones de quién sin mucho preámbulo le vendió 12 pastillas comenzó a hacerlo, una noche, sola. Se introdujo 10 cytotec en su vagina, y se tomó las últimas dos. Se sentó en el piso del apartamento, mientras el miedo la hacía sudar. Pasaron 4 horas y en su cuerpo no pasaba nada más que la culpa, la vergüenza y la desesperación recorriéndole las venas. Culpa por haber sido violada, vergüenza por no saber dónde pedir ayuda y desesperación por acabar ese trauma.

Los minutos seguían corriendo y sus pensamientos oscilaban periodos en los que aparentemente controlaba la situación y otros donde el desastre se desmesuraba y rompía en episodios de llanto. El sangrado llegó finalizando la quinta hora de espera, no dolía, no era como lo contaban en las telenovelas, no sentía más que leves pinchazos en el vientre, sintió sueño, mucho, y se recostó contra la puerta del baño y ahí se marchitaron por fin las ráfagas de recuerdos que la había estado persiguiendo por meses, sintió hundirse, sintió la sangre correr por en medio de sus piernas con una mezcla de esperanza y quietud. Todo se detuvo.

A la mañana siguiente, en el piso del baño de su apartamento Eduardo la encontró muerta en medio de un enorme charco de sangre casi seca, la autopsia reveló que se había inducido un aborto y que por la mala práctica por no tener información certera de cómo utilizar las pastillas y una condición de salud previa que ella desconocía se había desangrado.

Todo lo que fue se convirtió en un número plano y minúsculo, una más en la triste lista de mujeres que mueren por no tener acceso a la interrupción del embarazo legal y acceso a la información sobre salud sexual reproductiva.

Iris Romero.

*Tinta Verde presenta está serie de relatos que con formato narrativo navegan por la vida y las situaciones que viven las mujeres en Honduras.

Tinta Verde

Tinta Verde es un proyecto formativo y divulgativo periodístico enfocado en tratar a profundidad la problemática que viven las mujeres de Honduras, y articular herramientas de comunicación para enfrentar la desinformación y manipulación informativa con sesgos machistas y discriminatorios que existe en el país.

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