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Así me obligaron a ser pandillero

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Así me obligaron a ser pandillero

Pedro es un joven de 16 años de edad, que vive junto con su padre, quien trabaja como cargador en el mercado ”. Por sus pocos ingresos económicos como muchos jóvenes su educación estuvo bajo el sistema de educación pública.

Vive en la misma colonia desde que él tenía cinco años de edad y sus vecinos le tienen un cariño muy especial, debido a que siempre fue un niño ”colaborador y bien portado”. Asistía a la escuela sin mayor problema a pesar que muchos compañeros ya andaban en sus inicios con las pandillas.

“Ellos vacilaban con las pandillas porque sus hermanos o padres ya eran de la MS, pero a mí siempre me respetaban”, comenta el joven. 

Sin embargo, todo cambió en mayo de 2015, momento en que Pedro comenzó a sufrir amenazas en la escuela, por una joven a la que él le gustaba.

“Éramos compañeros (…) yo me di cuenta que le gustaba pero a mi me gustaba otra. Ella era novia de un pandillero y cuando él se enteró de todo, llegó a la salida de la escuela con otros tres y me pegaron hasta dejarme tirado en el suelo”, recuerda Pedro.

Nadie intervino en defensa de Pedro, ni siquiera su docente de informática, quien salía de la escuela en ese momento.

“Todos solo veían como me pegaban y caminaban de lado. Todos tenían miedo a lo que podían hacerles si llamaban a la policía”, relata el menor de edad. 

Pedro cometió un gran error, antes de contarles a su padre y a la Policía Nacional, decidió comentarlo con sus compañeros, quienes ya eran miembros de grupos criminales. 

“Como eran de la misma pandilla creí que podrían ayudarme a que me dejaran en paz, porque yo nunca le hice caso a esa bicha. Ese fue mi error”, añade el joven. 

Los “nuevos” pandilleros le ofrecieron a Pedro la ayuda que necesitaba, pero le advirtieron que tendría una deuda con ellos, que tarde o temprano tendría que pagar.

“De los tres a los que les pedí el favor, solo uno me dijo: ‘te vamos hacer el paro (favor), pero ya sabes que al rato te toca devolvernos el paro (favor). Voy hablar como mi jefe (el papá) para que le pare el carro (las intenciones) a ese loco’. ”Los otros dos se ofrecieron a protegerme, uno en la escuela y otro de camino a mi casa”, comenta Pedro.

El problema terminó como inició, inesperadamente, por tres semanas todo ocurría sin mayor problema.

“Como al mes comenzaron a pedirme favores como ir a dejar paquetes. Al principio me daba miedo preguntar que era, luego supe que era marihuana y a veces cocaína. Eso me dio miedo y les dije que ya no quería ayudarles, que el favor estaba pagado”, explica Pedro.

Sin embargo, ante esta renuencia del menor de edad, vino lo que no esperaba. La amenaza a ser pandillero o terminar muerto.

“La onda que vos no decidís nada (…) aquí nosotros tenemos la palabra y la onda que mi jefe (padre) quiere que te brinquemos (ritual de iniciación formal en las pandillas) y pues lo haces o te quebramos (matamos)”, narra Pedro.

Ante el temor de perder la vida o que su negativa causara atentados contra la vida de su padre, Pedro accedió.

“Me pegaron entre varios MS y yo no podía defenderme. Así es la iniciación. Recuerdo que casi ni pude caminar por 15 días. Luego de eso me vi envuelto en pequeñas extorsiones, acompañaba a los que iban por el dinero, para que me conocieran y así luego yo podría asumir la tarea de recogerlo”, agrega Pedro.

Según el joven, con la obligación de cometer actos delictivos también venían recompensas como tener una comisión de dinero y sexo con señoritas atractivas.

“Tenía sexo, dinero y droga cuando quisiera, pero nunca me sentí bien. Tuve que dejar la escuela porque me obligaron a tatuarme en la espalda, la pierna y la pantorrilla. A toda costa me querían adentro de la pandilla”, asegura.

El objetivo de tener a Pedro como miembro de la MS13 es que al ser menor no sería condenado como adulto si fuese detenido. Sin embargo, tras su primera captura el terror se apoderó del joven.

“Fuimos a recoger un paquete de marihuana (…) el encargado abrió la puerta y sacó un poco e hizo unos puritos, me dijo: ‘fumemos un poco, nos lo hemos ganado’. ”Así estuvimos un buen rato en una casa destroyer, pero al salir rumbo a la casa, nos detuvo la policía, creí que me llevarían a la cárcel”, lamenta.

Tras ser capturados fueron llevados a la delegación de Ciudad Delgado. Ahí los agentes llamaron al padre de Pedro, quien hasta ese momento supo que su hijo andaba en pandillas. Se dio cuenta pasados cinco meses.

“Lloré y juré mi inocencia (…) me pedían paraderos de pandilleros fugitivos, pero yo no sabía. Al ver la falta de respuesta, un agente dijo que si él quería me podía hundir poniéndome delitos y evidencias que yo no había cometido. En ese momento recordé lo que me habían dicho, que por ser menor de edad no me podían maltratar y que me dejarían libre”, sostiene Pedro.

Y así fue, al menor de edad lo dejaron ir porque no contaba con expediente delictivo, previo a su captura, pero al mayor que le acompañaba si lo retuvieron y actualmente está en prisión.

El padre de Pedro lloró y le cuestionó por sus hechos, debido a que él tenía que dejarlo solo para ganar el sustento diario. Esto hizo eco en el interior del joven, quien buscó al que le podía dar la autorización de salirse.

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