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Venezuela sin “fake news”

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Venezuela sin “fake news”

El siguiente es un reportaje de Natalia Viana acerca de la situación que observó en un viaje reciente realizado a Venezuela. Durante tres semanas, Viana y su equipo entrevistaron venezolanos y fueron testigos de cómo se vive en ese país, pudiendo filtrar mucho del montaje que se presenta por ambos bandos. No todo es como lo cuentan, así nos lo aclara la periodista. El reportaje fue publicado por nuestro aliado Agencia Pública el 13 de junio. 

El pasado lunes 5 de junio, Venezuela amaneció con el mismo presidente, Nicolás Maduro, como viene sucediendo desde que relevó a Hugo Chávez en 2013. Una decepción más para muchos de los manifestantes que vienen llenando las calles de numerosas ciudades del país en los últimos dos meses. Circularon rumores, con un alcance multiplicado por mensajes de WhatsApp, de que Maduro huiría del país un día antes. Hasta una conocida vidente predijo su fuga, según uno de esos mensajes.

A pesar de ese episodio, todo lo que sucede en Venezuela está cercado por la desinformación e impregnado por las fake news divulgadas por simpatizantes del gobierno y la oposición. En la política venezolana todo es espectáculo. Por eso, olvide mucho de lo que ya leyó por ahí: Venezuela no está viviendo una catástrofe humanitaria por la falta generalizada de alimentos; el gobierno de Nicolás Maduro no va a caer mañana; la policía nacional no está masacrando manifestantes en las calles. Pero tampoco es cierto que todo esté bien y que las manifestaciones y la violencia en torno a ellas sean fruto de “terroristas” armados, como dicen los partidarios del gobierno.

Para este reportaje pasamos tres semanas en el país, con la intención de oír lo que dicen los venezolanos y sus líderes. Nada más llegar, asistimos a una marcha de la oposición al este de Caracas. Desde principios de abril, esas marchas han sacudido la capital: cada dos días hay una nueva protesta masiva y las calles amanecen como un escenario de guerra. En todas las principales avenidas hay camiones de los antidisturbios junto a largas filas de guardias de la Policía Nacional Bolivariana portando armas de gran calibre. Los soldados del ejército, con sus uniformes verde olivo, también ocupan las esquinas y los lugares clave para intimidar a quienes van a manifestarse. Buena parte de las principales avenidas de rápido acceso a los lugares donde tienen lugar las protestas están cortadas por las fuerzas del gobierno, impidiendo el flujo de los manifestantes. Cierran las estaciones del metro. Algunas empresas dan el día libre a sus funcionarios en horarios alternados para evitar el caos.

Las marchas también tienen su rutina: allá en la Plaza Altamira, del barrio de clase media del mismo nombre, señores y señoras rubias con sus características gorras con los colores de Venezuela conversan mientras estudiantes de distintos centros, como la Universidad Central de Caracas, la Universidad Metropolitana y la Universidad Santa María, portan bandas y carteles con los nombres de sus escuelas y mensajes de orden contra el gobierno, que consideran una dictadura. Algunos pocos grupos de jóvenes, morenos, blancos, negros, se organizan en círculo. Sacan de sus mochilas sus “armas de guerra”: cascos de moto, camisas negras que anudan a su rostro, máscaras antigás, guantes gruesos, escudos de madera cuidadosamente tallados, adornados con palabras como “coraje”, “libertad” y “honor”.

Los “black blocs” venezolanos piden no ser fotografiados. Al igual que en las manifestaciones en Brasil, abundan los jóvenes de entre 16 y 25 años que encuentran en esas marchas una manera de expresar su deseo de cambio para el país. Allá rompen sucursales bancarias y tiendas. Llevan piedras y usando sus gruesos guantes, devuelven, cuando pueden, las bombas de gas lacrimógeno lanzadas por la policía; algunos lanzan cócteles molotov o explosivos caseros. Y son saludados como héroes por la oposición.


Cuando la plaza está llena, estos jóvenes pasan en fila india, con el brazo sobre los hombros de quien les precede, en dirección a la línea de frente entre fuertes aplausos. Algunas señoras piden permiso para tomarse fotos con ellos. “¡Son tan valientes!”, exclamaba una de ellas. Su papel allí consiste en intentar “empujar” el cordón policial que de manera invariable interrumpe la marcha cuando esta se aproxima al centro de la ciudad, impidiendo así que los manifestantes penetren en la zona donde se encuentran los edificios gubernamentales. “No hay un paro nacional en Venezuela. Hay unas protestas y esas protestas están focalizadas en guetos donde el gobierno te deja “, resume el director del Instituto Datanálisis, Luis Vicente León.

Nada de eso es nuevo en Venezuela. El eslógan “calle, calle, calle” ha sido repetido por diferentes líderes de la oposición, con menor o mayor vehemencia, desde que Hugo Chávez fue electo presidente en 1998. Las olas de protestas, boicots, lockouts (cierre de fábricas), son tantas que se pierde la cuenta. Muchas contaron con el apoyo de Estados Unidos, mediante financiación de la Agencia Americana para la Cooperación Internacional (USAID). Desde la muerte de Hugo Chávez en 2012, hubo por lo menos tres grandes oleadas de protestas, siempre con el mismo recorrido. Y, a pesar de esto, al conversar con los manifestantes, estos aseguran que esta vez será diferente. “Vamos a seguir en la calle. Es todo un país el que no quiere continuar con este régimen”, dice Alejandro Ferrero, de 23 años, tras un casco con los colores de la bandera. Desde abril, más de 2.800 manifestantes fueron detenidos. Más de 200 permanecen en prisión.

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